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Adelanto del libro

Poemas Arturo Corcuera
Fotografías : Eduardo Suárez.

Mi Casa

De barro y madera construyeron mi casa los albañiles.
Extrajeron terrones del suelo y lo ablandaron para hacer
adobes
clavando sus picos en cada trozo como pájaros carpinteros.
Los adobes concentran la esencia y la resina de las raíces.

Sosteniendo el techo, los maderos, donde hicieron nido
los gorriones, se convirtieron en vigas colocadas en fila,
configurando partituras que un día volverían a hacer
sonar su música.

En la fachada abrieron ocho ventanas: debería entrar y
salir el aire como en su casa y el Sol mirarse traslúcido,
igual que la Luna por la noche traspasando los cristales.

Las buganvillas se apresuraron a nacer y trepar paredes: las
hay lilas, semejantes a la sombra azul posada en los ojos
de una muchacha después de noche tormentosa; otras,
rojas, sed en llamas del crepúsculo; también color oro-viejo
de monedas antiguas; blancas, simulando goteras
desprendidas de la Luna.Toda la anilina de la aurora en
multiplicada diversidad.

Las losetas-damero de la sala (aún no caminadas)
empezaron a sentir la caricia de pasos musicales y de
calladas alfombras.(¿Qué las hizo enmudecer? ¿Fueron
alguna vez andariegas las alfombras?, preguntó a los caminos).

El huerto hizo sentir su fuerza. Se levantó el Palto de las
profundidades y brindó con su copa para que la palabra
sea dicha, poesía, puchero, vino y cancionares bajo su sombra.

Lo imitó la Lúcuma, manjar de sabor y color presentidos
por el paladar
y la calidez de los inminentes helados.
Endulzándonos creció el Chirimoyo de milenaria alcurnia,
esculpida su fruta en las cerámicas precolombinas y
saboreada de nostalgias en el corazón.

Humilde y discreta, de perfil bajo, asoma la Guayaba
plebeya,
dispuesta desde la rama a mitigar las amarguras
más humildes.

Nos disputamos el árbol de la Mora con los murciélagos,
ávidos emisarios reducidos de Drácula.

Repitiendo sin cesar: «hoy a mí me dijeron hermosa»,
la Higuera
que no tiene nada de fea
ni de áspera ni todas 
sus ramas son grises.

Debajo de la tierra mi perro Majo mueve la cola cortejándola.

Embadurnándonos los morrillos y el olfato, el Mango.
Él nos embelesa con la fragancia afrodisíaca de su pelusa
erótica.
(Estén siempre las Musas como mango.
Si una alumbra,
las otras ocho queden en cinta,
consejo del divino Rubén.)

Bálsamo, la hierba.Alivia delicada la fatiga de los pies
descalzos.
Y es lecho propicio y dócil para los amantes.

Entrando, a la derecha, los estantes de libros, el escritorio
con el Arca de Noé tallada en el espaldar del sillón, la
egoteca con los retratos (óleos y carbones), en los que
uno se conserva joven, viendo envejecer los marcos.

Muebles patas-de-león de vencido zarpazo.Candelabros,
jarrones, arañas que tejen la iluminación de la sala.Si las
lámparas se apagan y uno está junto a una muchacha,
ahí empiezan los enredos.

Se construyeron las escaleras, teclas de un piano embrujado.
Conducen al balcón de madera, desde donde se divisa
el atardecer y se rememora a Martín Adán, abrigo
y sombrero de acumulados inviernos: «Lima tiene
hermosos crepúsculos, yo soy uno de ellos».

En los altos, una jirafa de Madagascar corona de estrellas
su cabeza.

Aterrizada en el piso una alfombra voladora de impedido
vuelo, tejida en los telares de Bagdad, la de Aladino,
la de los cuentos, la soñada.Destruida por misiles
enconados y por la angurria en crudo, color petróleo,
del ladrón de Bagdad.

Escapándose de un óleo, una mujer enigmática de cabellos
deslumbrados.
Hacia sus brazos emerge rápida una tortuga.

Vinieron después los dormitorios relajados y las camas
dormilonas con el ojo abierto, adictas a espiar los
secretos nupciales de los amantes;
el ropero fetichista y el espejo mirón de goloso mercurio en
los escarceos del amor;
la mesita de noche con su lamparín de ojos cerrados
durante el día.

El comedor prolijo en disponer las viandas;
el campanillo de bronce (con quilates de oro) y el reloj del
Pájaro Cucú recordándonos la hora de manducar;
la cocina que guisa y dirige el hervor de las ollas cantoras,
como las de mi madre que no tocaban fondo.Tocaban
el himno a la alegría.El cucharón memorioso añora sus aderezos.

La floreada mesa multicolor coronada de cerámicas: una
de Samarcanda con una rosa germinando en la pared;
otras con dioses griegos, faraones, hipocampos, gallos de
cresta erizada y encrespada cola; el mar de San Sebastián,
ese caballo blanco salpicando espuma, cerámica de
azulino cielo.Barcos que vienen y van en el plato que no
compré en Trieste, puerto que caminé sobre las pisadas
de Rainer María Rilke, Humberto Saba y James Joyce.
Ala y pluma, reguero de trinos amarillos el plato de
Las Palmas
de La Gran Canaria.

Sentémonos en el patio junto al jazmín de entrecruzado ramaje,
plateado como mi cabello, fácil a la seducción
de la Luna y el viento.

Agarradas las uñas a tallos secos y fuertes, colgado nos mira
un perezoso con ojos cautivos de palo de balsa.

Querendones humedezcamos nuestras mejillas con
lágrimas de la fuente.Evoquemos a Víctor Jara con
sus manos intactas, tocado por los presagios, no cesa
de rasgar la guitarra al pie de la escalera, por cuyas
escalinatas su música sube a las estrellas.

La juventud sin término del inolvidado ausente Javier
Heraud que llega indagando a Santa Inés, agita la
campanilla, traspasa misteriosamente la puerta y entra
sin forados en el pecho, sin heridas mortales, sin moscas
intrusas en el rostro dormido, solo, llega con su sonrisa a
encontrarse con los amigos que lo esperan.

Amigos queridos, bienamados, fríos y horizontales,
mis muertos, huéspedes míos que se fueron con las
golondrinas y no volverán.

Continuemos a bordo del Arca por los pasadizos silenciosos
de la casa, toda vestida de blanco con puertas y ventanas
de madera pintadas de azul Maya, tintura que cargó
desde México en su mochila mi amigo chileno 
el barbado Tito González,
chochera de Coco Legrand, el humorista capaz de curar con su alegría
la melancolía de los cipreses.

Émula de la jirafa, solitaria, se eleva la Torre.Ahí reposan
en vigilia los sueños y los alucinados se recomponen
de la fatiga.
Eros les limpia el sudor de la frente,
impidiendo la entrada de Tanatos de pérfidos ojos.

Acudamos de prisa al orinatorio, aceptemos, sólo si es
indispensable, la invitación de Lezama Lima: «Volcar
el serpentín intestinal», y volver a su lugar ligero de
equipaje.

Arranquémosle racimos a las viñas que hipan, rumbean y
rompen las copas.Pintemos de rojo los diablos azules
que hicieron delirar a Noé, tirado desnudo en medio de
su tienda ante los rubores de sus hijos Sem, Cam y Jafet;

¡Ah, los libros y los baúles y las máscaras y los cofres,
donde se guarecen los duendes y suelen salir fantasmas
que se ocultan en la niebla antes de que escampe y los
descubra la madrugada.

Seres etéreos se desprenden por la noche de pinturas
murales, de fotografías sepias, de grabados antiguos.

Saltan, zumban, brincan como saltimbanquis de las
tinieblas.

Trashumante que llegas a mi casa, no hallarás timbre.La
voz amable de un cimbalillo hindú anuncia que lo toca
un amigo.Si lo agita el descarrío de una mano de torvo
ceño se le encoge la voz.

Saldrán a recibirte, antes que yo, aromas del jazmín, el rojo
amapola, la martiana rosa blanca, pétalos del suche;
la ojo-de-poeta, la roba-besos, la llama-de-la-pasión.
La inapagable cucarda que es parte inseparable de la
familia.

Antes de ingresar, Picasso, vestido de arlequín, habrá
pintado para ti un ramo de dalias.Pregúntales por mí a 
las cantáridas.
Me paso la vida hablando con los ángeles. Me gusta jugar a
las escondidas, búscame entre los árboles.

Con los tordos, vestidos de luto por una pena, estoy
cantando.

Fábula y metáfora del gallo

Reloj despertador,
hijo apócrifo del papagayo.

No anuncia la madrugada
el tornasol clarinero.

¿Qué tiene el gallo
que se ha callado?

Hay que llevarlo al relojero.

Fábula del cuervo oriundo de Ginebra

Cuando no hay un alma en casa y tengo que almorzar solo, invito al 
cuervo.Lo siento junto a mí en el tablero de la mesa.
Me distrae su compañía.Su lealtad supera la de algunos amigos.
¡Tan simpático el cuervo con su pico curvo, su traje negro, recién untado 
con los betunes de la noche, en el que relucen filamentos dorados!
Sus piernas y sus alas flexibles se acomodan a cualquier postura y 
a cualquier amo.

Disfruta sintiéndose a mi lado, sobre todo cuando pelo las uvas y 
desorbitadas ruedan sobre el plato de postre.Él me observa con
avidez, se le hace agua la boca.

Lo adquirí en el mercado de pulgas de Plainpalais de Ginebra que se
puebla miércoles y sábados de mercaderes y mercachifles.
El elegante cuervo lucía aquella tarde en un mostrador, muy campante, 
cruzado de piernas.Tenía la misma gracia, el mismo aire de distinción.
Entre máscaras, campanas, relojes y otros objetos antiguos, era maese
cuervo el que daba la hora.

Atento el ojo, contemplaba con puntualidad los ires y venires de las 
cosas, el comercio incesante de la vida.

Se siente bien cuando me acompaña.En su silencio percibo 
un hálito de ternura, pero yo sé que en el fondo lamenta su 
naturaleza de madera.

El preferiría ser cuervo de carne y hueso y aguardar el momento 
propicio para sacarme los ojos.

A Patricia Zamora y a Carmine Amen

Fábula de la jirafa de Madagascár en Santa Inés

Vino en primera.Sus patas todavía pisaban tierra
cuando el avión ya estaba envuelto en nubes.
La conocí en Ginebra, pero ha nacido en Madagascar,
isla de África donde el viento llega con un rugir de
leones, sus temidos vecinos geográficos.

La Luna en cuarto menguante se adorna con el sutil
cuerno de la jirafa.Ella ha impuesto el peinado
Caracol.

En Santa Inés vive junto al balcón.Si le place mira
cerros y bosques cercanos.Se aclimató a la semana de llegar.
Se me hace que el paisaje le simpatiza.La cubre de
lunares la Luna y de manchas oscuras el Sol.

Por mucha oreja que ponga la jirafa no oye lo que
hablan las hormigas.
A ella le está dado hablar con las estrellas, aunque
carezca de voz.
Ni el elefante, cuando lo intenta, alcanza con su trompa a
decirle secretos en el oído.

Sus pantorrillas son dignas de la mejor pasarela del Arca.
Los zancudos se desbarrancan cuando se proponen
picarle la cerviz.

Ascender al empinado cuello de la jirafa es un desafío
que conduce al vértigo.Lo saben alpinistas, picaflores,
murciélagos, el tucán de enorme pico, el jirafo, que se
fatiga hasta el desfallecimiento besando el prolongado
cuello.(Los murciélagos quisieran succionarle la yugular.
Tendrían sopa para el resto de sus días).

Frente al atardecer se acicala imaginándose que es Nefertitis
y sueña con posar para El Greco o para Modigliani.

Desde el derrumbe de las torres gemelas la jirafa padece de Insomnios.
Cada vez que se acerca un avión esconde la cabeza entre las nubes, presa de pavor.

Otra de sus pesadillas es que una serpiente la estrangule
Tiembla cuando ve una grúa en la ciudad, ese férreo animal antediluviano.

La jirafa nada sabe del chanchito de tierra, del escarabajo, del ciempiés.

Fábula de la cocina y el diablo

De la chimenea de una cocina antigua aparece el diablo
echa óxido y humo por pelos y oídos,
sus ojos son brazas sazonadas en el infierno;
le alza, el condenado blasfemo, la mano a Dios;
sus cuernos tenebrosos no cesan de procrear tormentas,
habla el mismo idioma de ajos, truenos, rayos y cebollas;
mete la cola en todas partes, desencadena entuertos,
con trinches persigue a los chanchitos de tierra,
marchita las azucenas con tufo de aguardiente,
pinta de negro las hornillas, derrama la sal,
en el caldo servido echa bocanadas de azufre;
a mares hace llorar a la cebolla, enfurece al ají,
le saca filo a la espina oculta en el pescado,
sobre el mantel vuelca el aceite hirviendo,
mantiene en el plato de sopa el puchero caliente,
intenta achicharrar la boca de los ángeles;
después, por la noche, en su aposento en llamas,
llora tan humano, contrito y triste, y se arrepiente.

Fábula de los jarrones shipibos

Te saltan a los ojos dos jarrones en cuanto abres la puerta.

Tienen formas humanas, hembra y macho. Me los trajo
el brujo Javier Dávila de la selva amazónica, cerámica
modelada por manos sabias de la tribu de los shipibos,
custodios del bosque y de cuanta persona es alumbrada
entre árboles, sean humanos, aves o réptiles: la etnia de los
conibos y los setebos; el paujil, de pico bermejo y pluma
oscura teñida por la noche, o la shushupe, víbora repelente,
de mordedura mortal que hasta el demonio le teme.

En ese bosque de copas desmesuradas, de erizadas
lianas, de bejucos, fangales y riachuelos, de tormentas
que desbarrancan el cielo, de griterío de insectos
comandados por la mantablanca, en esos trechos
húmedos de troncos y ramas, camina dando saltos el
sapo gigante que se deja devorar por la maldita boa
y una vez instalado en el vientre del ofidio devora
todo por dentro y vuelve a salir al pantano; crece la
tzangapilla, flor de temperatura caliente como pubis de
mujer joven; se empinan árboles que hunden sus raíces
en las estrellas, otros con raíces que avanzan a flor de
tierra asfixiando toda planta que se atreve a crecer junto
a ellos y en su expansión amenazan con desaparecer el
bosque; lagos que hipnotizan con ojos en su interior;
nativas que conocen mejunjes de amor y preparan la
puzanga del placer a grados de locura; el ayahuasca
enfrentándote, cara a cara, al rostro del ser que fuiste
antes de nacer y te devuelve sanitos a tus antepasados
muertos para que les converses, limpia tu corazón de
telas de araña; se oyen en la floresta aves que hablan
varios idiomas y el uirapuru que canta una sola vez al
año y callan los demás animales para su
concierto, tal es la fascinación de su flauta dulce;
la bufea, pez hembra, de vagina de mujer núbil,
deleita al hombre y es muy apreciada en las riberas
febriles del Amazonas; lo mismo se cuenta del bufeo que
dilatando el olfato sale del agua en busca de humana,
atraído por el olor desafiante del cuerpo terrestre.

De este suelo se forjó la arcilla que esculpió el torso de
los jarrones.Sus ánimas te reciben y te servirán de
guía cuando te internes en su fronda misteriosa.

A Arturín Gonzáles Andrino

Casa de fantasmas

Mi casa está llena de fantasmas,
esas sábanas con las que duermo,
esas páginas en blanco sobre las que escribo,
luna que se convierte en pez y se baña en las aguas plateadas
de la fuente,
luz que se evapora hasta volverse cisne;
las paredes de cal escuchan todo con sus oídos tarrajeados y
pálidos;
los fantasmas son los nardos del jardín, las níveas rosas
que aguardan en los altares, con atuendo de novia, como si ellas
se fuesen a casar;
la niebla que deambula y se desvanece al amanecer;
las nubes errantes que se posan en la cima de los cerros
y huyen con el viento como corderos asustados;
los fantasmas vienen desde muy lejos, se fatigan con facilidad;
hacen ruidos, a veces dejan oír sus pasos y sus quejumbres;
abren puertas, cierran ventanas, hacen rechinar cigarras y
cerrojos;
asumen formas que el ojo no ve y expanden un frío que las
manos perciben en una brisa helada;
para ver a los fantasmas me froto los ojos con legañas de perro;
fantasmas son las monjas de caridad, con hábitos translúcidos y
tocas almidonadas y sin mácula, entran ellas sin tocar la campanilla,
los fantasmas son seres tristes, huidizos,
se acurrucan en los cuartos oscuros, en la mansión cerrada,
castillos abandonados, viejas casonas, parajes desiertos;
son ariscos y tienen miedo,
son transparentes casi como los ángeles,
atraviesan los muros,
poseen mil disfraces: el lechero que pasa con su cántaro al
hombro es un fantasma
el loco del barrio que se cree pájaro y agita los brazos como
alas es también un fantasma: duerme en la copa de los
árboles, cuando no encuentra a Dios conversa con el diablo,
al que increpa, le jala el rabo y le lima los cuernos, sólo él se atreve;
el pájaro cucú es un fantasma oculto en el reloj, pregona que
se nos va la vida: Tiempo Tiempo Tiempo Tiempo;
fantasma es el cartero que pasa arrastrando su fardo de calles y
nostalgias, lleva cartas sin remitente y sin destinatario;

los evangelistas con su maletín negro y sus caras de palo;
aquel desconocido que nos pregunta la hora y al alejarse no
dejan huellas sus pisadas;
es el jardinero de barba de hierba encanecida, al que vemos
salir sin haberlo visto entrar;
los fantasmas se alimentan de aire,
de espárragos, de algodones de azúcar y palomitas de maíz,
se empolvan la cara con harina de trigo,
no piden ni reclaman nada,
se conforman con mendrugos de nieve para frotarse los labios;
a veces borran mis poemas del ordenador (críticos implacables)
y yo culpo a este aparatito de Dios o del demonio;
con ellos convivo, me tropiezo, conversamos abatidos en
noches solitarias.

En mi casa hay un fantasma huraño que mora en el espejo
y asoma cuando yo me acerco, él sueña que Eros, el de las
manos ardientes, no el frío Tánatos, le ordenará los cabellos
canos y le besará la frente el día que quede en el lecho
dormido para siempre, registrándose como uno más en el
gremio de los fantasmas.